«¡Esto es una reunión de tartas!». Así describió Le Corbusier Karlovy Vary. Y no le faltaba razón: las casas de colores a orillas del río Teplá y las delicadas columnatas recuerdan a la nata montada y las figuras de crema que decoran una tarta. De todas las ciudades checas, Karlovy Vary es la menos «checa». Paseando por su centro, resulta inevitable pensar en el Imperio austrohúngaro. Parece que en cualquier momento va a pasar una dama con un vestido de amplias faldas o va a aparecer un elegante carruaje al doblar la esquina.